Santa Catalina, se ubicó en Arequipa, ciudad fundada en
1540 en un paraje especialmente elegido por su belleza natural,
su clima acogedor y que disponía de un material de construcción
único: el sillar, piedra porosa de lava volcánica que ha
permitido levantar una hermosa ciudad, donde ha sido posible
edificar formas arquitectónicas propias, con espacios y
proporciones de gran valor estético y esculpir fachadas
imponentes y finos detalles decorativos, que han hecho de
Arequipa un centro colonial de marcada identidad dentro
de los principales centros urbanos del continente.
Su estilo arquitectónico es fundamentalmente colonial,
pero de naturaleza mestiza. A diferencia de otros restos
virreynales de esta parte de América Latina, en Arequipa
y especialmente en Santa Catalina, se observa la fusión
de elementos españoles y nativos, a tal punto que generan
una creación propia.
Los continuos terremotos que afectaron a Arequipa desde
1582, destruyeron las primitivas construcciones
y
también las propiedades de los familiares de las monjas
catalinas, sobre las que se había impuesto los censos que
garantizaban la economía futura del monasterio y su supervivencia.
Esta fue la causa y origen de la ciudadela existente en
el Monasterio de Santa Catalina de Siena de Arequipa. Los
familiares de las religiosas optaron por hacer construir
celdas privadas para éstas, toda vez que el dormitorio común
estaba dañado o era muy pequeño para el número cada día
creciente de religiosas.
Durante casi dos siglos, en la época virreynal, los claustros
y celdas del monasterio de Santa Catalina, han sufrido modificaciones,
agregados y nuevas construcciones, que lo han convertido
en un verdadero muestrario de la arquitectura colonial de
Arequipa.