Los últimos años de la venerable monja catalina transcurrieron
en la oscuridad de la ceguera. Tenía mucha dificultad para
caminar, sin embargo jamás se quejó o se sintió desdichada
por correr esa suerte. A pesar que no existía ningún remedio
eficaz para calmar sus terribles dolores, aceptó con toda
humildad lo que el Señor le tenía preparado, siendo modelo
de una entrega superior y de una plena y total confianza
en Dios.
Antes de ser sepultada Sor Ana, un pintor captó sus facciones
en un retrato, que es el único y verdadero testimonio gráfico
que de su rostro ha quedado para la posteridad, ya que en
vida evitó tan mundana gala.
El pintor había concurrido al Monasterio pese a que en
esos días estaba afectado por fuertes dolores e incluso
de una hinchazón generalizada de su cuerpo. Apenas concluyó
de pintar el retrato de la venerable monja, en un pequeño
lienzo y mientras salía por la portería, sanó completamente
y de inmediato la enfermedad que lo había afectado en los
últimos días, desapareció.
Sor Ana de los Angeles falleció el 10 de Enero de 1686.
Muerta Sor Ana, no fue necesario embalsamar su cuerpo, por
el buen olor que despedía.
Fue enterrada en el piso de tierra del Coro del templo
del Monasterio.
Diez meses después, el cadáver de Sor Ana fue exhumado
y encontraron el cuerpo fresco, sin mal olor y con flexibilidad
comprobada de los músculos y articulaciones. Inclusive exhalaba
un olor muy singular que no los dejaba moverse de aquel
sitio.
Luego de su muerte los milagros continuaron; numerosos
casos de personas que padecían alguna enfermedad y al encomendarse
a Sor Ana o tocar alguna prenda que le perteneció, desaparecían
los males que les aquejaban. Todos estos hechos motivaron
a las monjas catalinas a unir testimonios y presentar una
petición el 19 de julio de 1686, es decir a seis meses de
su muerte, para que la venerable monja pase a ser la primera
Santa de Arequipa, proceso que todavía no ha llegado a su
fin.